ATROFIA INTELECTUAL: LA DEGENERACION DE LA EDUCACION
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ATROFIA INTELECTUAL, LA DEGENERACIÓN DE LA EDUCACIÓN
Se preguntan los legisladores políticos de la enseñanza por qué el fracaso escolar esta tan extendido en la gran mayoría de los países desarrollados: quieren
saber en qué se han equivocado, si los contenidos de las asignaturas son los idóneos, si es que los adolescentes sufren desnutrición de la inteligencia, si su
cociente intelectual no tiene dos dedos de frente.
Pero la inteligencia natural poco tiene que ver con lo que ocurre en las aulas, las casas y las calles. Tan listos o torpes son los jóvenes de hoy como los de
hace 40 años, por ejemplo, y sin embargo, cualquier lector que fuese estudiante entonces –no importa ahora si eran mejores o peores aquellas didácticas-,
recordara que a sus diez u once años estudiaba un libro de historia extenso en contenidos, que era memorizado o aprendido sin excesiva dificultad, y a los
doce o trece años estudiaba trigonometría, algo que hoy no se ve ni en niveles superiores. Estudiaba y aprendía. Y no porque naciera con un cerebro más
capacitado que el de sus hijos o sobrinos. ¿ Qué ocurre entonces? La respuesta está en que la inteligencia natural es una esponja, y se sirve en su crecimiento
cultural tanto de lo que posee como de lo que carece.
¿De qué puede vanagloriarse una mujer que ha nacido hermosa y no utiliza su hermosura para hacer menos feo el mundo? ¿Qué mérito o demérito tiene
alcanzar el fruto de un árbol saltando o sin saltar, si la estatura no se la debe uno a sí mismo? Meritorio es aquello que exige un esfuerzo triunfal, capaz de
convertir lo que poseemos en semilla para conseguir aquello de lo que carecemos. No importa a qué altura está la cabeza, sino la mente. El hombre primitivo
no podía alcanzar en su carrera al animal que necesitaba para alimentarse, pero se las ingenió empujado por la necesidad, observando, deduciendo que, ya que
con sus pies no llegaba hasta él, podía llegar con su mano si lograba prolongarla en forma de lanza, onda, o flecha. Aquellos hombres de escasa capacidad
craneal desarrollaron su inteligencia natural alimentándola con la necesidad, la observación y la tenacidad. Con lo que sabían aprendían a saber
más.
Hoy el adolescente no tiene necesidades perentorias, y por lo mismo, no necesita esforzarse, ni aprender; tiene el mundo en sus manos sin
haberlas utilizado; y tiene el ocio ante su espíritu sin habérselo ganado. De modo que se atrofia física y psíquicamente y pierde los reflejos
emocionales básicos, que son los de la curiosidad activa y el del placer intelectual. Y la solución no está en hacerle pasar hambre para que reaccione,
sino en despertarle esas otras hambres inmateriales que duermen en su cabeza. Sin embargo, como si de una conspiración universal se tratase, parece que hay
quienes persiguen crear un organismo social con un electroencefalograma plano en sensibilidad y sensatez. Unos medios tan útiles y decisivos como el cine y la
televisión, empujados por una publicidad que disfraza de oro la basura, se dirigen casi exclusivamente al embrutecimiento sensorial e intelectual.
Por eso, como siempre, todo se compra: pero hoy sólo se compra con dinero y casi nada se adquiere con valores humanos, Como dijo Benjamín Zephaniah,
escritor jamaicano: hoy en día se sabe el precio de todo, pero no se conoce el valor de nada.
Claro está que los planes de enseñanza de los gobiernos son mejorables. Aunque no es la auténtica causa del fracaso de la educación y de la sociedad. No se
trata tanto de modificar lo que tenemos como de suprimir o enderezar lo que nos sobra. Lo cierto es que al niño, al joven y al hombre actuales les faltan
motivos y motivaciones para el aprendizaje de cómo hacer de su vida una vida buena, y le sobran horas de ocio convertido en negocio. Ocio que no
proporciona descanso, sino que es asimilado o vivido, primero como insatisfactoria diversión y luego, progresivamente, como pasividad, hastío,
anquilosamiento muscular e intelectual, suicidio neuronal, toxinas intelectuales y emocionales hacinadas dispuestas para el estallido, fatiga
sicológica, desasosiego, frustración, agresividad, violencia interior y exterior… Porque el autorretrato que todos hacemos inconscientemente cada
cierto tiempo nos muestra a un ser indefenso, dependiente de todo lo ajeno (y abyecto) y no muy apreciado o digno de ser tenido en cuenta.
El camino de las libertades, tan necesarias, no nos ha conducido hacia una libertad responsable, sino que nos ha transformado en esclavos de una libertad
libertina, en un mundo en el que la pereza síquica ha sustituido a la voluntad y el entusiasmo. Por esa razón a pesar de las comodidades del “estado de
bienestar”, vivimos en un permanente Estado de Malestar, íntimo y colectivo, en el que los egoísmos de toda especie derriban la solidaridad y empobrecen y
embrutecen el alma.
Asumido ese egoísmo generalizado, aceptemos que la relación entre los menores y los adultos tiene esta consecuencia progresiva: son como los hacemos y nos
hacen como son. Y calculemos qué futuro estamos perpetrando entre todos.
( Adaptado de un articulo de Antonio Gracia, escritor y ex profesor de instituto en España)