Cada circunstancia en la que tenemos que elegir  tendríamos que saber convertirla en un hermoso momento para preguntarnos quién es Dios
para nosotros. Si Dios es Alguien que influye, que transforma, que exige en nuestras vidas; o si, por el contrario, Dios es Alguien con el cual nos
podemos permitir cierta indiferencia.

En la proclamación del profeta Isaías está centrada una frase que se repite una y otra vez: "Yo soy el Señor, y no hay otro". En las palabras del
profeta está encerrado lo que tiene que significar Dios en nuestra existencia. No puede haber otro señor en nuestra vida que no sea Dios. Y sin
embargo, sin darnos cuenta nos dejamos atrapar por otros señores, que son los que acaban mandando en nuestra existencia.

Dice Jesús en el Evangelio de San Lucas:
"No se puede servir a dos amos". No se puede servir a dos señores. ¿Cuáles son los
otros señores? Los otros señores son a veces nuestro servicio a las cosas materiales, en vez de a las cosas de Dios. Cuando la ley fundamental
de nuestra vida es la comodidad, ése es nuestro señor. Cuando la ley fundamental de nuestra vida es el egoísmo, ése es nuestro señor. Cuando
nuestro corazón se cierra a los planes de Dios en nosotros, y somos nosotros los que diseñamos los planes y luego le ponemos una etiqueta que
dice "Dios", para quedarnos a gusto, ése es nuestro señor. Cuando, a lo mejor, la soberbia es la que manda, ése es otro señor.

Y sin embargo, el profeta insiste una y otra vez: "Yo soy el Señor; y no hay otro". Esta insistencia nos hace ver que en verdad, Él es el único capaz
de sacarnos adelante, por muchas dificultades en las que podamos o queramos meternos.

Constantemente tenemos que decidir a qué señor queremos servir. Pudiera ser que al analizar mi vida me dé cuenta de que vivo enredado en un
montón de situaciones frívolas, ligeras y superficiales. ¿Quiero yo servir al dios de la banalidad o de la frivolidad? ¿Cómo podemos saber cuál es
nuestro señor? ¿A qué señor quiero yo servir? Analiza con mucha sinceridad, con mucha autenticidad quién es el que ocupa tu corazón. Si a lo
largo del día te encuentras pensando en cosas materiales, no como medio, sino como fin, ése es tu señor. Si a lo largo del día te encuentras
pensando más en el qué dirán que en cómo servir al Señor, ése es tu señor.

Sin embargo, esto no llena el corazón, sólo lo entretiene. Y de hecho, la pregunta que Juan el Bautista le hace a Jesús, es una pregunta que
nosotros tendríamos que hacernos muy seguido cuando nuestro corazón se inclina hacia lo intrascendente y superficial. "¿Eres Tú el que ha de
venir, o tenemos que esperar a otro?". Y si somos sinceros, escucharemos la respuesta muy clara: "Yo no soy, yo nada más estoy aquí para
entretenerte". Y si le preguntamos a la moda y le preguntamos a la superficialidad y le preguntamos a la opinión de los demás y le preguntamos al
respeto humano y le preguntamos a la pereza:
"¿Eres tú el Mesías, o tengo que esperar a otro?" Si somos sinceros, escucharemos la
misma respuesta: "Yo no soy, yo estoy aquí nada más para entretenerte".

¡Qué serio y qué fuerte es esto! Porque cuánta gente vive sólo y nada más de eso y para eso. Y nos enredamos en miles de historias secundarias
y superfluas; nos enredamos en esos señores, como si ellos fueran el Mesías.

Cada uno tendría que preguntarse con mucha sinceridad:
¿Quién es mi Mesías? Solamente Aquél que es capaz de curar la ceguera del
corazón; solamente Aquél que es capaz de hacer caminar lo que está atorado en el alma; solamente Aquél que es capaz de limpiar esa lepra con la
que, a veces, nuestras virtudes están anidadas sin poderse mover; solamente Aquél que es capaz de quitarnos la sordera al Espíritu Santo en el
alma; solamente Aquél que es capaz de resucitar la muerte que, a veces, está en nuestro corazón. Solamente el que es capaz de que los ciegos
vean, el que es capaz de que los cojos anden, el que es capaz de que los leprosos queden limpios, el que es capaz de que los sordos oigan y de
que los muertos resuciten, es el Mesías.

Y aunque nosotros en Navidad vemos a Jesucristo como un bebito muy lindo, en un pesebre, la palabra de Jesús es muy seria: "Será feliz aquél
que no se escandalice de Mí"; será feliz aquél que sea capaz de traspasar ese rostro superficial de la  Navidad y se deje enamorar por el rostro
profundo de la Navidad: el rostro de un Dios que quiere ser el primer amor, el amor verdadero de tu vida.

Todos sabemos que quedarnos en la superficie de las cosas nunca compromete, en ningún ámbito de la vida. Quedarte en la superficie de la
educación de tus hijos, no te compromete; quedarte en la superficie del matrimonio e ir pasando un año, dos, tres y veinte, no te compromete;
quedarte en la superficie de un servicio a los demás, no te compromete. "Dichoso aquél que no se escandalice", dichoso es aquél que es capaz
de entender el rostro profundo del Mesías, que es el rostro de un Dios que viene a tu vida para decirnos que...
Él sí es el que tiene que venir, que no hace falta que esperemos a otro, que nadie más que Él nos va a salvar


(Adaptación del Artículo aparecido en "Catholic.net")
¿A qué señor quiero yo servir?